La Fe, la Razón, la Evidencia y la Lógica
La humildad intelectual no consiste en pensar menos, sino en reconocer con honestidad dónde termina nuestro conocimiento.
Cuando hablamos de fe y lógica, muchas veces las presentamos como si fueran dos caminos que necesariamente deben separarse. Por un lado estaría la razón: aquello que podemos observar, analizar, medir, comparar y demostrar.
Por otro estaría la fe: la confianza en Dios y en aquello que Él ha revelado, incluso cuando no podemos observarlo directamente. El problema surge cuando asumimos que para tener fe debemos abandonar la razón, o que para utilizar correctamente la razón debemos rechazar todo aquello que trasciende nuestra experiencia inmediata. Sin embargo, la fe bíblica no presenta la inteligencia y la confianza en Dios como enemigos. La verdadera cuestión es determinar hasta dónde puede llegar nuestra capacidad de conocer y si ese límite humano puede convertirse en una medida absoluta de toda la realidad.
El ser humano razona a partir de la información que tiene disponible. Observamos las circunstancias, analizamos los recursos, examinamos las posibilidades y, a partir de esos elementos, elaboramos conclusiones. Ese proceso es necesario y puede conducirnos a conclusiones verdaderas dentro del ámbito de aquello que conocemos. Sin embargo, nuestro conocimiento siempre es parcial. No conocemos todas las variables de una situación, no podemos observar simultáneamente toda la realidad y tampoco conocemos de antemano todo lo que puede ocurrir.
La perspectiva bíblica añade una diferencia fundamental: Dios no posee un conocimiento limitado como el nuestro. Por eso, que nosotros no podamos comprender cómo puede producirse determinado resultado no significa necesariamente que ese resultado sea imposible. Significa, en primer lugar, que nuestra comprensión tiene un límite.
Esta diferencia aparece expresada en Isaías 55:8-9 en donde Dios dice: Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Dios. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.
El propósito de estas palabras no es presentar a Dios como alguien que actúa sin razón o contra la verdad. El contraste está entre la grandeza del conocimiento y de los propósitos de Dios y la limitación del conocimiento humano. Por tanto, este pasaje no nos autoriza a llamar irracional a aquello que todavía no comprendemos. Más bien nos obliga a reconocer que nuestra capacidad de entender una situación no constituye una medida absoluta de lo que puede ser verdadero ni de lo que Dios puede realizar.
Esto nos permite establecer una distinción esencial entre lógica y capacidad de acción. La lógica continúa siendo válida. Si tenemos cuatro unidades y añadimos dos, tenemos seis. Ningún milagro necesita convertir cuatro más dos en ochocientos para demostrar el poder de Dios. Una operación matemática describe correctamente una relación entre cantidades; no establece por sí misma todo lo que puede ocurrir posteriormente con esas cantidades. El punto central, entonces, no es que Dios altere arbitrariamente las reglas de la lógica, sino que el resultado que podemos calcular a partir de los recursos que tenemos delante no necesariamente determina el resultado final de una situación cuando Dios interviene.
Podemos expresarlo de una manera sencilla. Si tenemos seis unidades disponibles, podemos afirmar correctamente que tenemos seis. Esa conclusión pertenece a lo que podemos observar y calcular. Lo que no podemos determinar únicamente a partir de esa cantidad es todo aquello que puede suceder después. Seis unidades pueden ser insuficientes para una determinada necesidad según los cálculos humanos y, aun así, Dios puede intervenir de tal manera que el resultado supere lo que esos recursos parecían permitir. En ese caso, la cantidad inicial no dejó de ser seis. Lo extraordinario fue lo que ocurrió con ella. Esta distinción es importante porque permite hablar de milagros sin convertir la fe en una negación de la realidad.
Los relatos bíblicos muestran esta misma idea en diferentes situaciones, por ejemplo:
– Cinco panes y dos peces continúan siendo cinco panes y dos peces, pero Jesús los utilizó para alimentar a una multitud.
– Una pequeña cantidad de aceite continúa siendo una pequeña cantidad de aceite, pero en la historia de la viuda de 2 Reyes capítulo 4 ese recurso fue suficiente para atender una necesidad mucho mayor.
– Un ejército pequeño continúa siendo pequeño, pero su tamaño no determina por sí solo el resultado de una batalla cuando Dios interviene.
En estos relatos, la fe no exige negar las circunstancias. La escasez era real, los recursos eran limitados y el ejército era pequeño. Lo que cambia es el resultado que Dios produce dentro de esas circunstancias. Por eso, el milagro no necesita destruir la lógica para ser extraordinario: basta con que Dios haga posible aquello que los recursos naturales disponibles no podían producir por sí mismos. Esta idea se vuelve especialmente clara en la historia de Gedeón:
Israel debía enfrentarse al ejército de Madián, pero Dios no respondió a la amenaza aumentando las fuerzas Israelitas. Hizo exactamente lo contrario: redujo progresivamente el número de soldados hasta dejar solamente trescientos hombres. Desde una perspectiva puramente militar, reducir un ejército antes de enfrentarse a un enemigo numeroso parece disminuir las posibilidades de victoria.
Si nuestra conclusión depende únicamente de la cantidad de soldados disponibles, entonces la situación de Israel estaba empeorando. Sin embargo, precisamente esa reducción tenía un propósito. Dios le dijo a Gedeón: El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los madianitas en su mano, no sea que se alabe Israel contra mí, diciendo: Mi mano me ha salvado (Jueces 7:2).
El propósito no era demostrar que la estrategia militar carece de valor, sino impedir que Israel pudiera atribuir la victoria principalmente a su propia fuerza.
Después aparece la selección de los trescientos hombres relacionada con la manera en que bebieron agua. Algunos se arrodillaron para beber y otros llevaron el agua a la boca con la mano, y finalmente fueron seleccionados los trescientos que bebieron de esta última manera. Aquí es importante mantenernos dentro de lo que realmente afirma el relato. El texto informa de la forma en que fueron separados los hombres, pero no explica detalladamente que aquella manera de beber demostrara que eran más atentos, más preparados, más valientes o militarmente superiores.
Por eso, no necesitamos inventar una explicación para que el episodio tenga sentido. Lo que el relato sí deja claro es que el ejército fue reducido hasta trescientos hombres y que Dios utilizaría ese pequeño grupo para entregar a Madián en manos de Israel. La selección, por tanto, forma parte de una reducción que hace todavía más evidente que la victoria no podía explicarse simplemente por la superioridad numérica de Israel.
Este episodio nos ayuda a comprender algo importante sobre la manera en que Dios puede actuar. Desde nuestra perspectiva, normalmente buscamos aumentar los recursos cuando enfrentamos una dificultad. Si tenemos pocos soldados, buscamos más soldados; si tenemos poco alimento, buscamos más alimento; si tenemos pocos recursos, intentamos conseguir recursos adicionales. Ese razonamiento tiene sentido dentro de las circunstancias naturales. Sin embargo, Gedeón muestra que Dios no está obligado a utilizar el procedimiento que nosotros consideraríamos más eficiente. En aquella ocasión, la reducción de recursos no significaba que Dios hubiera perdido el control de la situación. Era precisamente el medio mediante el cual quedaría demostrado que la victoria no dependía de la cantidad de hombres. La insuficiencia humana se convirtió en el escenario donde se manifestó el poder de Dios.
A partir de aquí podemos comprender mejor otro episodio relacionado con la fe: el encuentro de Jesús con Tomás después de la resurrección. Jesús le dijo:
Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron
(Juan 20:29)
Esta declaración no debe interpretarse como una defensa de la credulidad ni como una enseñanza de que debemos aceptar cualquier afirmación sin examinarla. Tomás había recibido el testimonio de los demás discípulos, pero deseaba comprobar personalmente que Jesús había resucitado. Cuando Jesús se presentó delante de él, Tomás pudo comprobar aquello que había cuestionado. La declaración posterior de Jesús adquiere entonces una importancia especial: las generaciones siguientes no tendrían la misma experiencia presencial que tuvieron los primeros discípulos, pero podrían recibir el testimonio de quienes afirmaron haber visto al Cristo resucitado y depositar su confianza en ese testimonio.
Esto nos conduce a una distinción fundamental entre no haber visto algo y no tener razones para creerlo. Nuestra experiencia personal no constituye todo nuestro conocimiento. Nadie ha presenciado personalmente todos los acontecimientos históricos que ocurrieron antes de su nacimiento, pero eso no significa que no pueda conocerlos. El conocimiento histórico depende en gran medida de testimonios, documentos, evidencias y fuentes que nos permiten llegar racionalmente a conclusiones acerca de acontecimientos que no observamos directamente. Por tanto, bienaventurados los que no vieron, y creyeron no significa que sea bueno creer sin razones. Significa que la confianza no siempre depende de haber presenciado personalmente aquello en lo que creemos.
Precisamente por eso, la fe no debe confundirse con la credulidad. La credulidad acepta una afirmación sin examinar suficientemente sus fundamentos, mientras que la fe implica confianza. Para comprender esta diferencia podemos pensar en la relación entre dos personas. Una persona puede observar durante años el carácter, las palabras y las acciones de alguien y, a partir de esa experiencia, decidir confiar en él. Esa confianza no significa que conozca absolutamente todo acerca de esa persona. Significa que ha encontrado suficientes razones para considerar confiable su carácter. De manera semejante, la fe no exige que el ser humano posea un conocimiento absoluto antes de confiar en Dios. Podemos conocer verdaderamente a alguien sin conocer exhaustivamente todo acerca de esa persona.
Esta distinción también nos permite comprender por qué la fe no exige resolver previamente todos los misterios acerca de Dios. Si para confiar en Dios tuviéramos que comprenderlo completamente, estaríamos exigiendo que nuestra mente finita pudiera abarcar de manera exhaustiva una realidad que, por definición, es superior a nuestra capacidad de comprensión.
Conocer verdaderamente no significa conocer exhaustivamente. Podemos tener conocimiento verdadero de una persona sin conocer todos sus pensamientos, todas sus experiencias y todas sus acciones. Del mismo modo, la fe sostiene que podemos conocer verdaderamente a Dios y confiar en Él sin pretender comprender exhaustivamente todo lo que Él es y todo lo que hará.
Esta diferencia entre conocimiento y comprensión también explica por qué algunas acciones de Dios pueden parecer extrañas desde nuestra perspectiva. Nosotros analizamos las circunstancias utilizando las variables que podemos observar. Si vemos un ejército pequeño frente a uno grande, pensamos en términos de fuerza militar. Si vemos pocos alimentos frente a una multitud, pensamos en términos de cantidad. Si encontramos una situación aparentemente imposible, calculamos las posibilidades a partir de las condiciones presentes. Ese razonamiento puede ser correcto dentro de lo que conocemos. El error aparece cuando transformamos una conclusión limitada en una afirmación absoluta. Decir no sé cómo puede ocurrir esto describe un límite de nuestra comprensión. Decir esto no puede ocurrir bajo ninguna circunstancia pretende establecer un límite sobre la realidad misma. Son afirmaciones completamente diferentes.
Esta diferencia es esencial para comprender la fe. La fe no obliga al ser humano a negar aquello que puede observar. Moisés tenía realmente al pueblo delante del mar y al ejército egipcio detrás. David realmente tenía delante a Goliat. Gedeón realmente terminó con trescientos hombres. La viuda realmente tenía una cantidad limitada de aceite. La multitud realmente tenía hambre y los discípulos realmente disponían de pocos alimentos. Ninguno de esos problemas era imaginario. La fe bíblica no necesitó fingir que las circunstancias eran diferentes de lo que realmente eran. Lo que cambió fue la conclusión acerca de lo que esas circunstancias podían producir cuando Dios intervenía. Por eso, la fe no niega el tamaño de Goliat; reconoce que el tamaño de Goliat no constituye la única variable relevante cuando Dios forma parte de la ecuación.
El episodio de los cinco panes y los dos peces permite observarlo con especial claridad. Los discípulos vieron una multitud y una cantidad limitada de alimento, por lo que consideraron que los recursos disponibles eran insuficientes. Desde el punto de vista de la aritmética y de los recursos naturales, esa conclusión era correcta. El problema no estaba en su capacidad para contar los alimentos. El milagro ocurrió porque Jesús hizo con aquellos recursos algo que ellos no podían producir mediante sus propios medios. La aritmética no dejó de funcionar; lo que cambió fue el resultado de la situación. Por eso, cuando hablamos de fe, no necesitamos afirmar que las cantidades dejan de ser reales. Podemos reconocer plenamente la insuficiencia de los recursos y, al mismo tiempo, reconocer que esa insuficiencia no establece el límite de lo que Dios puede hacer.
Esta misma verdad aparece también en la vida espiritual. Una persona puede observar sus propias capacidades, su pasado, sus errores, sus circunstancias o sus recursos y concluir que no tiene suficiente para cumplir aquello que Dios le ha encomendado. Esa evaluación puede ser correcta en cuanto a sus capacidades humanas. Sin embargo, la insuficiencia humana no equivale a la insuficiencia del poder de Dios. Pablo expresa esta realidad cuando escribe: Mi gracia es suficiente para ti, porque mi poder se perfecciona en la debilidad (2 Corintios 12:9). El énfasis no está en negar la debilidad, sino precisamente en reconocerla y comprender que la debilidad humana no constituye el límite del poder de Dios.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿por qué Dios realiza tantas cosas de maneras que no parecen tener sentido desde nuestra perspectiva? La respuesta no es que Dios actúe sin propósito o sin razón. El problema está en que nosotros observamos una parte de la situación, mientras que Dios conoce la totalidad de ella. Gedeón veía trescientos hombres y una enorme desventaja militar; el propósito de Dios incluía: demostrar que la victoria no dependería de la fuerza de Israel. Los discípulos veían pocos panes y peces; Jesús estaba a punto de demostrar que aquellos recursos no serían el factor definitivo. Tomás había escuchado un testimonio que no había podido comprobar personalmente; Jesús estaba estableciendo una verdad que tendría que ser recibida por generaciones que tampoco estarían físicamente presentes en aquel momento. En cada caso, los hechos observables eran reales, pero no constituían toda la realidad.
Por eso, la fe no consiste en decir: No necesito pensar. Tampoco consiste en afirmar: Todo lo que no comprendo debe si o si ser verdadero. La humildad intelectual no consiste en pensar menos, sino en reconocer con honestidad dónde termina nuestro conocimiento.
La historia de Gedeón resume de manera extraordinaria esta idea. Dios no necesitaba proporcionar a Israel un ejército que pareciera suficiente para que la victoria fuera posible. Al contrario, redujo el ejército hasta que la insuficiencia humana fuera evidente. Entonces dijo: Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos (Jueces 7:7). La importancia de estas palabras está precisamente en el contraste: trescientos hombres no parecían suficientes para enfrentarse a una fuerza superior, pero la victoria no dependería de que los trescientos fueran suficientes por sí mismos. Dependía de lo que Dios haría mediante ellos.
Esto nos permite regresar al ejemplo matemático con el que comenzamos. Cuatro más dos siguen siendo seis. La fe no necesita convertir seis en una cantidad diferente para demostrar el poder de Dios. El punto es otro: seis puede ser todo lo que nosotros podemos calcular y, aun así, no ser el límite de lo que Dios puede hacer con una situación. Nosotros podemos identificar los recursos disponibles, pero no podemos determinar únicamente a partir de ellos todo lo que ocurrirá. Gedeón veía trescientos hombres; la situación no terminó definida por la cantidad de soldados. Los discípulos veían cinco panes y dos peces; la situación no terminó definida por la cantidad de alimento. La viuda veía una pequeña cantidad de aceite; su necesidad no terminó definida por la cantidad inicial de aceite.
Aquí encontramos una de las razones por las que la fe puede resultar difícil. Para muchas personas la mente desea comprender primero y confiar después. Algunos desean conocer el camino antes de dar el primer paso, conocer el resultado antes de asumir el riesgo y disponer de recursos suficientes antes de obedecer. Sin embargo, muchas veces la narrativa bíblica muestra una dinámica diferente: Dios proporciona la dirección necesaria para avanzar, mientras que el resultado completo todavía permanece fuera del conocimiento humano. La fe, en ese contexto, no significa caminar con los ojos cerrados sin ninguna razón; significa avanzar confiando en Dios aun cuando todavía no poseemos toda la información acerca de lo que sucederá.
Por eso, la afirmación bienaventurados los que no vieron, y creyeron adquiere nuevamente todo su significado. Jesús no estaba estableciendo la ignorancia como virtud ni enseñando que la evidencia carece de importancia. Estaba señalando que la experiencia personal tiene límites.
Por ejemplo; los primeros discípulos pudieron ver al Cristo resucitado; las generaciones posteriores recibirían su testimonio. La confianza de esas generaciones no dependería de haber estado físicamente presentes, sino de considerar verdadero y digno de confianza el testimonio recibido. Como lo he dicho anteriormente, no haber visto personalmente un acontecimiento no significa que no podamos tener razones para creer que ocurrió.
– La fe bíblica, por tanto, se construye sobre una confianza que reconoce tanto la capacidad como los límites de la razón humana.
– La razón, nos permite observar, investigar, comparar, analizar y distinguir entre una afirmación coherente y una contradicción.
– La evidencia, nos permite evaluar los fundamentos de aquello que creemos.
– La lógica, nos protege de aceptar como verdadero aquello que es internamente contradictorio.
Pero ninguna de estas herramientas convierte nuestro conocimiento limitado en conocimiento absoluto. Podemos razonar correctamente y, al mismo tiempo, reconocer que existen aspectos de la realidad que todavía no comprendemos completamente.
La diferencia puede resumirse en una sola distinción: no comprendo cómo no significa es imposible. La primera expresión reconoce un límite de nuestro conocimiento; la segunda pretende establecer un límite sobre la realidad. Cuando Dios actúa, la fe no exige que llamemos lógico a lo que es contradictorio ni que neguemos los hechos que tenemos delante. Nos invita a reconocer que nuestra comprensión de esos hechos puede no contener toda la información necesaria para anticipar lo que Dios hará con ellos.
Por eso, la pregunta final no debería ser únicamente: ¿Esto tiene sentido para mí? Una pregunta más profunda sería: ¿Estoy confundiendo lo que puedo comprender con todo lo que puede ser verdadero? La madurez de la fe aparece cuando podemos mantener juntas dos convicciones: debemos pensar con honestidad y debemos reconocer humildemente nuestras limitaciones. Podemos buscar evidencia sin miedo, formular preguntas sin culpa y examinar nuestras creencias con seriedad, sin asumir que aquello que todavía no podemos explicar ha dejado de ser verdadero.
La fe reconoce que existen realidades que no podemos observar directamente y, aun así, podemos tener razones para confiar en ellas.
En última instancia, la fe no nos pide pensar menos, sino reconocer que nuestra mente tiene límites. Y cuando comprendemos esa diferencia, dejamos de enfrentar la razón contra la fe y comenzamos a entenderlas dentro de su verdadero lugar: la razón nos ayuda a examinar lo que conocemos, mientras que la fe nos permite confiar en Dios aun cuando todavía no conocemos toda la respuesta.
