¿Jesús Pidió Permiso para Hacer Milagros?

Marco introductorio

Una de las objeciones más frecuentes planteadas por grupos unitarios y por otras corrientes que sostienen un monoteísmo estrictamente unipersonal consiste en afirmar que Jesús fue únicamente un profeta extraordinario: un hombre dependiente del permiso o de la concesión del poder divino para realizar milagros, del mismo modo que Moisés, Elías o Eliseo. Según esta perspectiva, Jesús no habría actuado con autoridad inherente, sino que toda su capacidad para sanar, liberar o resucitar habría sido simplemente el resultado de una autorización temporal otorgada por Dios.

 

No obstante, cuando este planteamiento es examinado mediante una exégesis cuidadosa de las Escrituras, considerando su contexto histórico, literario y lingüístico, así como el significado de los textos en hebreo y en griego koiné, surge un panorama muy diferente. El contraste entre los profetas del Antiguo Testamento y Jesús no radica únicamente en la magnitud de los milagros realizados, sino, sobre todo, en la fuente de la autoridad con la que cada uno actuaba.

 

Los profetas eran hombres llamados por Dios para transmitir Su voluntad y ejecutar Su obra. Dependían completamente de Él y reconocían que todo poder provenía exclusivamente del Señor. Por esta razón, antes de que ocurriera un milagro, era habitual que elevaran una súplica o intercesión, esperando que Dios respondiera conforme a Su voluntad. Jesús, en cambio, aparece en los Evangelios ejerciendo una autoridad de una naturaleza distinta. 

 

En numerosas ocasiones no implora que Dios intervenga, sino que habla y actúa con autoridad propia: ordena a los enfermos que sean sanados, manda a los demonios que salgan, reprende al viento y al mar, perdona pecados y llama a los muertos a la vida mediante Su propia palabra. Esta diferencia no es un detalle secundario, sino un elemento central de la cristología del Nuevo Testamento. 

 

Mientras los profetas actuaban como siervos y mediadores de la acción divina, Jesús se presenta como Aquel en quien reside esa autoridad. Su relación con el Padre trasciende la de cualquier profeta, pues no se limita a representar a Dios, sino que manifiesta una comunión única con Él. 

 

Como Él mismo declaró: Todo me fue entregado por mi Padre; y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre conoce alguno sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar (Mateo 11:27). Esta afirmación prepara el fundamento para comprender por qué los Evangelios presentan a Jesús no simplemente como un mensajero de Dios, sino como Aquel que comparte Su autoridad y revela plenamente Su naturaleza.

EN ESTA ESTUDIO

  • Marco introductorio 
  • Los milagros en el Antiguo Testamento
  • La dinámica de los milagros de Jesús
  • Pasajes frecuentemente malinterpretados
  • La mujer del flujo de sangre
  • La autoridad de Jesús para perdonar pecados
  • Reflexión final

Los milagros en el Antiguo Testamento

En el Tanaj (Antiguo Testamento), los profetas nunca son presentados como poseedores de un poder milagroso inherente. Desde la perspectiva de la teología hebrea, los milagros pertenecen exclusivamente a Dios y constituyen manifestaciones de Su poder soberano obrando por medio de instrumentos humanos. Las palabras hebreas אוֹת (‘ot, señal) y מוֹפֵת (mofet, prodigio) describen acontecimientos sobrenaturales cuyo origen y autoridad proceden únicamente de YHVH, jamás del hombre. Los profetas son siervos escogidos para comunicar la voluntad divina y actuar conforme a ella, pero nunca como la fuente del poder. Esta distinción constituye un principio fundamental para comprender la naturaleza de los milagros en el Antiguo Testamento.

 

Este patrón puede observarse claramente en el relato de Elías y la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta. Lejos de ordenar el regreso de la vida mediante una autoridad propia, el profeta acude a Dios en una actitud de total dependencia. El texto declara: Y clamó a YHVH y dijo: Oh YHVH Dios mío, te ruego que vuelva el alma de este niño a él (1 R. 17:20-21).

 

El verbo וַיִּקְרָא (vayyikrá) significa clamó o invocó, y describe la acción de quien suplica con la certeza de que solo Dios puede responder. Elías no dirige su palabra al niño, ni ordena a la muerte que retroceda; toda su petición está dirigida a YHVH, reconociendo que únicamente Él posee autoridad sobre la vida. El desenlace del relato confirma este principio: Y YHVH oyó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él, y revivió (1 R. 17:22). El milagro ocurre únicamente después de que Dios escucha la oración del profeta, evidenciando que el poder no reside en Elías, sino en Aquel a quien él invoca.

 

En marcado contraste, cuando Jesús se encuentra ante la tumba de Lázaro, no dirige una petición para que Dios devuelva la vida al muerto. Después de dar gracias al Padre por haberle oído, no habla con Lázaro como un intercesor que espera una respuesta divina, sino con la autoridad de quien tiene dominio sobre la vida y la muerte. El Evangelio registra que habiendo dicho estas cosas, clamó a gran voz: Lázaro, ven fuera.

Juan 11:43

La diferencia es significativa: mientras Elías ruega para que Dios haga volver el alma del niño, Jesús dirige Su palabra directamente al muerto, y este responde de inmediato a Su mandato: Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario (Jn. 11:44). El contraste no radica simplemente en el hecho de que ambos participaron en una resurrección, sino en la forma en que cada uno actuó. Elías suplica; Jesús ordena. Elías espera la intervención de Dios; Jesús manifiesta una autoridad que produce aquello que Su palabra declara. Este cambio de paradigma constituye uno de los indicios más notables de la singular autoridad con la que los Evangelios presentan a Cristo. (Más adelante profundizaremos sobre la muerte de Lázaro).

 

La misma dinámica se encuentra en la vida de Moisés, considerado el mayor de los profetas de Israel. Durante el episodio de la apertura del Mar Rojo, Moisés tampoco actúa por iniciativa propia ni ejerce dominio sobre la creación. Antes de que el milagro ocurra, recibe instrucciones precisas de Dios: Entonces YHVH dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí?… y tú alza tu vara (Ex. 14:15-16).

 

El pasaje revela que Moisés actúa únicamente en obediencia a la palabra de Dios. La vara no constituye una fuente de poder, sino una señal visible de la intervención divina. De hecho, el propio relato elimina cualquier posibilidad de atribuir el milagro al profeta al afirmar: Y YHVH hizo que el mar se retirase por medio de un fuerte viento oriental toda aquella noche (Ex. 14:21). No fue Moisés quien dominó las aguas, sino Dios quien ejerció Su soberanía sobre la creación mientras Su siervo obedecía Sus instrucciones.

 

En los Evangelios, sin embargo, el escenario cambia de manera sorprendente. Jesús no pide al Padre que calme las aguas ni espera una intervención desde el cielo. En medio de la tempestad, se dirige directamente al mar como quien posee autoridad sobre él. El relato registra: Y levantándose, reprendió al viento y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.

Marcos 4:39

El verbo griego σιώπα (siṓpa) significa guarda silencio, mientras que πεφίμωσο (pephímōso) significa literalmente sé enmudecido o permanece amordazado. Son imperativos de autoridad, no una oración dirigida a Dios.

 

La reacción de los discípulos demuestra que comprendieron la singularidad de aquel acto. Asombrados, se preguntaban: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen? (Mr. 4:41). La pregunta no surge simplemente porque el mar se calmó, sino porque Jesús habló a la creación como su Señor, y la creación respondió inmediatamente a Su voz.

 

El contraste con el Antiguo Testamento es notable. En el éxodo, YHVH abre el Mar Rojo mientras Moisés actúa como un siervo obediente siguiendo instrucciones divinas; en los Evangelios, Jesús no recibe instrucciones ni invoca ayuda, sino que ordena directamente a los elementos de la naturaleza, y estos le obedecen. Aquello que en el Tanaj era una prerrogativa exclusiva de YHVH , el dominio absoluto sobre el mar, símbolo del caos y de las fuerzas indomables de la creación, aparece ahora ejercido por Jesús mediante Su propia palabra. Este detalle no presenta simplemente a un profeta con mayor poder, sino a Aquel cuya autoridad se manifiesta sobre la misma creación, una autoridad que, según las Escrituras hebreas, pertenece únicamente a Dios (Salmos 89:9; 107:28-29).

La dinámica de los milagros de Jesús

En el Nuevo Testamento, los milagros de Jesús son descritos con frecuencia mediante las palabras griegas δυνάμεις (dynameis, obras de poder) y σημεῖα (sēmeia, señales). Estos términos no solo destacan el carácter sobrenatural de Sus obras, sino que también revelan que cada milagro posee un propósito: manifestar quién es Jesús y confirmar Su identidad. Por ello, los Evangelios conceden especial importancia no solo al milagro en sí, sino también a las palabras con las que Jesús lo realiza.


La resurrección del hijo de la viuda de Naín 
En la resurrección del hijo de la viuda de Naín, Jesús se acerca al féretro y dirige Su palabra directamente al joven fallecido. El texto griego declara: καὶ εἶπεν· Νεανίσκε, σοὶ λέγω, ἐγέρθητι, Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate (Lucas 7:14).

La expresión σοὶ λέγω (soi légō) significa literalmente a ti te digo. El verbo λέγω (légō, digo) aparece en primera persona del singular, resaltando que la orden procede directamente de Jesús, mientras que ἐγέρθητι (egérthēti) es un imperativo que significa levántate. El relato continúa afirmando: Entonces se incorporó el que había muerto y comenzó a hablar; y Jesús lo entregó a su madre (Lucas 7:15). La narración presenta la palabra de Jesús como eficaz, pues aquello que Él ordena acontece inmediatamente

Pasajes frecuentemente malinterpretados

1. La oración de Jesús ante la tumba de Lázaro 
Uno de los pasajes más citados para sostener que Jesús necesitaba recibir poder del Padre antes de realizar un milagro es el relato de la resurrección de Lázaro. Sin embargo, una lectura atenta del contexto muestra una realidad distinta. Antes de llamar a Lázaro, Jesús eleva una breve oración diciendo: Πάτερ, εὐχαριστῶ σοι ὅτι ἤκουσάς μου, Padre, gracias te doy porque me has oído (Juan 11:41).

El verbo εὐχαριστῶ (eucharistō) significa dar gracias. Es significativo que Jesús no pida poder para realizar el milagro, sino que agradezca anticipadamente al Padre. El propio Evangelio explica el propósito de estas palabras: Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me enviaste (Juan 11:42). La oración, por tanto, no responde a una necesidad de autorización o de poder, sino que tiene un propósito revelacional: conducir a los presentes a reconocer el origen y la misión de Jesús.

 

Inmediatamente después, Jesús se dirige al difunto con una orden directa: Λάζαρε, δεῦρο ἔξω, ¡Lázaro, ven fuera! (Juan 11:43). El relato continúa afirmando: Y el que había muerto salió (Juan 11:44). La narración destaca que la resurrección acontece mediante la autoridad de la palabra de Jesús, mientras que la oración previa sirve para revelar Su perfecta comunión con el Padre ante los testigos.

 

2. El Hijo no puede hacer nada por sí mismo 
Otro texto frecuentemente utilizado para argumentar una supuesta inferioridad de Jesús es Juan 5:19, donde leemos: οὐ δύναται ὁ Υἱὸς ποιεῖν ἀφ’ ἑαυτοῦ οὐδὲν, No puede el Hijo hacer nada por sí mismoLeída de forma aislada, esta afirmación podría interpretarse como una limitación de Su poder. Sin embargo, el contexto inmediato aclara el sentido de las palabras de Jesús: ἃ γὰρ ἂν ἐκεῖνος ποιῇ, ταῦτα καὶ ὁ Υἱὸς ὁμοίως ποιεῖ, Porque todo lo que hace el Padre, también lo hace el Hijo igualmente (Juan 5:19).

La expresión no puede hacer nada por sí mismo no describe una incapacidad o una falta de poder, sino la imposibilidad de actuar de manera independiente del Padre. El énfasis del pasaje no es la debilidad del Hijo, sino la perfecta unidad de acción entre ambos. Jesús no realiza obras diferentes ni inferiores; hace todo lo que hace el Padre y lo hace igualmente.

 

Esta idea se refuerza en los versículos siguientes, donde Jesús afirma que el Padre da vida a los muertos y añade: Así también el Hijo da vida a los que quiere (Juan 5:21). Del mismo modo, declara que el Padre ha entregado todo juicio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre (Juan 5:22-23). Dentro del contexto del judaísmo del Segundo Templo, estas afirmaciones resultaban extraordinarias, pues atribuían al Hijo prerrogativas que las Escrituras reservaban a Dios. Lejos de presentarse como un simple profeta obediente, Jesús se revela como Aquel que obra en perfecta unidad con el Padre, compartiendo Sus obras, Su autoridad y el honor que le pertenece.

La mujer del flujo de sangre

Otro episodio que revela la singularidad de la autoridad de Jesús se encuentra en el relato de la mujer que padecía flujo de sangre durante doce años. A diferencia de otros relatos donde Jesús declara una palabra de sanidad a distancia o toca directamente al enfermo, este acontecimiento muestra una dimensión particular: el poder sanador procede de Él y es percibido incluso cuando la mujer se acerca de manera silenciosa.

 

El Evangelio relata: Porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora (Mateo 9:21-22). En el relato paralelo de Marcos se añade un detalle significativo: Y luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de Él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? (Marcos 5:30).

 

La palabra griega δύναμις (dýnamis) significa poder, capacidad o fuerza, y en los Evangelios suele utilizarse para describir la manifestación del poder divino actuando mediante las obras de Jesús. El texto no presenta a Jesús como alguien que recibe una fuerza externa para transmitirla, sino como Aquel de quien ese poder procede. La mujer no toca un objeto con una virtud propia, sino que se acerca a Jesús, y de Él fluye la sanidad.

 

Este detalle posee además un trasfondo profundo dentro del contexto judío. Según la Ley de Moisés, una mujer con flujo de sangre era considerada ceremonialmente impura (Levítico 15:25-27), lo que implicaba separación social y religiosa. Sin embargo, cuando ella entra en contacto con Jesús, ocurre algo completamente diferente al patrón esperado: la impureza no contamina a Jesús, sino que Su poder restaura a la mujer. En lugar de que la impureza se transfiera hacia Él, la vida y la sanidad proceden de Él hacia ella.

 

Después de sanarla, Jesús no permite que el milagro quede reducido únicamente a una recuperación física. Al llamarla hija (Marcos 5:34), restaura también su dignidad y su lugar dentro de la comunidad. La sanidad revela que Su autoridad alcanza no solo el cuerpo humano, sino también aquello que separaba al ser humano de la comunión y la restauración.

 

Este relato presenta nuevamente un elemento distintivo en la manera en que los Evangelios describen a Jesús: Su poder no aparece como una capacidad temporal concedida para una acción específica, sino como una autoridad que se manifiesta desde Su propia persona. La mujer se acerca buscando sanidad y encuentra mucho más que una curación; encuentra al Mesías en quien la vida, la restauración y el poder de Dios se hacen presentes.

La autoridad de Jesús para perdonar pecados

Una de las manifestaciones más significativas de la autoridad de Jesús se encuentra en Su potestad para perdonar pecados. El relato de Marcos 2:5-11 presenta a un paralítico llevado ante Él, a quien, antes de concederle la sanidad física, le declara: Hijo, tus pecados te son perdonados (Marcos 2:5).

 

Esta afirmación provoca una inmediata reacción entre los escribas, quienes razonan en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? (Marcos 2:7). Su objeción no nace de un malentendido lingüístico, sino de una convicción profundamente arraigada en la teología judía: el perdón definitivo de los pecados era una prerrogativa exclusiva de Dios.

 

Lejos de corregir esta comprensión, Jesús la confirma y responde demostrando la legitimidad de Su afirmación. Después de poner al descubierto los pensamientos de los escribas, declara: Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados… (Marcos 2:10), y acto seguido ordena al paralítico: A ti te digo: Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa (Marcos 2:11).

 

De este modo, la sanidad del paralítico no constituye un milagro aislado, sino la confirmación visible de una realidad invisible. Jesús realiza la curación para autenticar Su autoridad de perdonar pecados. En el contexto del Evangelio, el milagro no solo manifiesta Su poder sobre la enfermedad, sino que sirve como evidencia de una prerrogativa que, según las Escrituras, pertenece únicamente a Dios.

Reflexión final

La información presentada a lo largo de este estudio no parte de afirmaciones aisladas ni de interpretaciones desconectadas del texto bíblico, sino del análisis de los relatos dentro de su contexto histórico, literario y lingüístico. El estudio de los términos hebreos del Tanaj y del griego koiné del Nuevo Testamento permite observar cómo las Escrituras describen la relación entre Dios, Sus profetas y la autoridad manifestada por Jesús.

Los textos analizados muestran una diferencia significativa entre los profetas del Antiguo Testamento y la manera en que Jesús actúa en los Evangelios. Expresiones como וַיִּקְרָא (vayyikrá, clamó), σοὶ λέγω (soi légō, a ti te digo), πεφίμωσο (pephímōso, queda en silencio) y δύναμις (dýnamis, poder) pertenecen al contenido textual de los manuscritos bíblicos y permiten comprender con mayor profundidad la forma en que los evangelistas describieron las acciones de Cristo.


Los Evangelios presentan a Jesús ejerciendo autoridad sobre diferentes dimensiones de la realidad humana: sana enfermos, restaura cuerpos quebrantados, expulsa demonios, domina la naturaleza, perdona pecados, concede vida y manifiesta un poder que incluso es descrito como procedente de Él mismo: porque había salido poder de Él y sanaba a todos (Lucas 6:19). Estos relatos no solo destacan la grandeza de Sus obras, sino que conducen al lector hacia una pregunta central: ¿qué significado tiene que Jesús ejerza una autoridad tan amplia y única?


Algunos hechos pertenecen al ámbito de la observación textual: Jesús ordena al viento y al mar, llama a Lázaro fuera de la tumba, declara perdón de pecados, sana enfermedades y los demonios reconocen Su autoridad. Sin embargo, la conclusión sobre lo que estas acciones revelan acerca de Su identidad pertenece al campo de la interpretación cristológica. Para la fe cristiana histórica, especialmente dentro de la teología trinitaria, estos elementos constituyen evidencias que apuntan hacia la divinidad de Cristo y hacia la afirmación de que Él no es únicamente un mensajero de Dios, sino el Hijo que comparte la autoridad divina.


La pregunta que los discípulos hicieron después de presenciar la tormenta sigue siendo una de las preguntas más profundas de los Evangelios: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen? (Marcos 4:41). La respuesta a esta pregunta no depende únicamente de un milagro aislado, sino del conjunto del testimonio bíblico: Aquel que tiene autoridad sobre la creación, la enfermedad, los espíritus, el pecado y la muerte ocupa un lugar único dentro de la revelación de Dios.


Los próximos estudios continuarán examinando otros milagros y pasajes relacionados con la autoridad de Cristo, profundizando en su contexto bíblico, lingüístico y teológico. El propósito será seguir observando cómo cada relato aporta una pieza más al gran testimonio de las Escrituras acerca de la persona de Jesucristo.

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